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Juegos de atracción y seducción


¿Cómo atraemos al sexo opuesto?

 

Por Laura Caldiz y Diana Resnicoff *

Elegir a un compañero activa mecanismos psicológicos que permiten evaluar los atributos relevantes y darle a cada uno el peso apropiado en la totalidad, en el conjunto.

'Algunos atributos tienen más peso que otros en la decisión final de por qué elegir un hombre en particular y uno de los que más peso tiene para las mujeres es el de los recursos económicos', sostienen las autoras del artículo.

'Entré en la fiesta y casi enseguida me encontré mirando de frente al hombre de mi vida, desde ese momento se desencadenó una corriente entre nosotros y todo sucedió de manera tan natural que parecía que nos conocíamos desde siempre.'   

Si bien cada uno de nosotros utiliza diferentes tácticas para cortejar pareciera que la coreografía esencial del cortejo está inscrita en nuestro psiquismo como resultado del tiempo, la selección y la evolución. Hombres y mujeres, de todas las culturas, en su vida social, en su trabajo, en sus lugares o puntos de reunión, personifican juegos de atracción y seducción que muestran inquietantes semejanzas.

Eibl-Eibesfeldt, etólogo (estudioso de las costumbres) alemán, en 1960, utilizando una cámara oculta de video, estudió cómo se daba el cortejo en diferentes culturas. Descubrió que existe un esquema universal de flirteo entre los humanos, un orden secuencial: la mirada penetrante, el reconocimiento, la conversación, el roce y la fugaz sincronía armoniosa.

Hombres y mujeres miran fijamente a una posible pareja no más de dos o tres segundos, durante los cuales sus pupilas pueden dilatarse, señal de extremo interés. Luego él o ella apartan la vista. Pero esa mirada no pasa inadvertida pues activa nuestra parte cerebral más primitiva, provocando interés o rechazo. Se le llama a esto 'mirada copulatoria'. Y es probable que esta táctica se encuentre inscrita en nuestro psiquismo evolutivo. Los chimpancés y otros primates miran al enemigo para intimidarlo pero también para reconciliarse después de una batalla; también machos y hembras se miran fijamente antes del coito (...)

El encuentro de las miradas iniciará la conversación en la cual no importará qué se diga sino cómo se dice, el tono de voz es la radiografía de las características idiosincrásicas individuales. Puede interrumpir o continuar el cortejo. Comenzará luego el contacto, al comienzo como un simple roce - iniciado generalmente por la mujer -. Esta imperiosa necesidad es herencia de nuestros antepasados: los niños pasaban largas horas en brazos y se dormían apoyados en el pecho materno, situación que condicionó a que los seres humanos busquemos de manera constante contactar con la piel de otro. Entre miradas y leves contactos llegarán al último peldaño del cortejo, a la sincronía física total, a un baile de movimiento corporal en espejo.

Otro aspecto esencial del cortejo es la comida, herencia de nuestros antepasados no humanos. Invitar a comer a la mujer - 'el alimento seductor' como se denomina - cumple una importante función reproductora pues con ello los machos prueban su habilidad como cazadores, proveedores y valiosos compañeros de procreación. También los pájaros macho alimentan a la hembra que pretenden: la golondrina macho suele traerle a su amada un pequeño pescado de regalo. En algunas clases de arañas, el macho le acerca a la hembra alguna comida que ésta disfruta mientras copulan.

Algunas tácticas de cortejo masculinas y femeninas son compartidas con otras especies no humanas. La actitud tímida, el ladeo de la cabeza, el pecho hacia adelante y la mirada penetrante, posiblemente formen parte de un repertorio estándar de gestos humanos que, usado en determinados contextos, evolucionó como un código para atraer a la pareja. La mujer sonríe y levanta sus cejas mientras abre bien sus ojos para mirar a quien la observa, baja luego los párpados y baja la cabeza, mirando hacia otro lado. El hombre, arqueando su espalda, echa su pecho hacia delante del mismo modo que las palomas macho al pavonearse, inflan sus pechos.

Año tras década tras siglo representamos una y otra vez este antiguo guión: nos pavoneamos, acomodamos las plumas, flirteamos, nos hacemos la corte, nos deslumbramos, nos atrapamos mutuamente. Luego hacemos nido, nos reproducimos, nos somos infieles, y abandonamos el redil. A corto plazo, embriagados de esperanza, flirteamos otra vez. Con eterno optimismo, el animal humano padece de inquietud mientras está en edad de reproducirse y luego, al madurar, él y ella sientan cabeza.

Diferentes estrategias sexuales

'Los seres sexuados parecen arbolitos de Navidad, adornados con un arsenal de atributos que les permiten asegurar su supervivencia y su futuro a través de la cópula y la reproducción', sostiene Helen Fisher en 'Anatomy of Love'.

Las estrategias sexuales son soluciones adaptativas a problemas de apareamiento. Todos descendemos de una larga e ininterrumpida línea de antepasados que compitieron exitosamente por compañeros deseables, atrajeron compañeros que eran reproductivamente valiosos, retuvieron compañeros lo suficiente para reproducirse, alejaron a rivales interesados, y resolvieron los problemas que hubieran impedido el éxito reproductivo.

Una joven y hermosa modelo en una gran fiesta es presentada al magnate de la empresa multinacional XY, el personaje en cuestión es conocido por su generosidad y su participación en causas pacíficas.

Al conocerse, ambos se sintieron rápidamente atraídos el uno por el otro. Lo que uno tenía el otro buscaba. Los hombres se sienten atraídos por mujeres jóvenes y estas se sienten seducidas por hombres con poder y prestigio. Ambos se aseguran de este modo el traspaso de sus genes a la próxima generación. Desde una perspectiva evolucionista este hombre y esta mujer contemporáneos cumplen con las eternas reglas del juego de las estrategias reproductivas.

¿Y cuáles son esas reglas?. El estro o celo es un mandato imperativo de reproducción, es una programación biológica e ineludible. Cualquiera que haya convivido con un animal doméstico ha visto qué es un celo. La hembra entra en celo y su olor llama a todos los perros del barrio. Otros animales recorren literalmente kilómetros y kilómetros para encontrarse y acoplarse. A veces es el único momento en que machos y hembras se juntan para algo y puede que todo dure un instante y no se vean nunca más (como es el caso de los hámsteres). El macho fecunda e inmediatamente desaparece.

También puede ser que el papel del macho tenga que ser más comprometido para que las crías puedan sobrevivir, tal es el caso nuestro. Machos que 'paternan', que invierten y gastan en la crianza de sus crías.

Los hombres y las mujeres hicieron hace millones de años lo que Helen Fischer llamó un contrato sexual. Un intercambio de favores y de exclusividades sexuales y un aporte de recursos económicos masculinos, compartir compañía y afecto y colaborar mutuamente en la crianza.

Sin embargo, las inversiones masculinas y femeninas en la crianza y la gestación son diferentes y por lo tanto cada uno desarrollará estilos de cortejo y seducción también diferentes.

'Una de las razones por las cuales las mujeres ejercen elección entre los machos deriva del hecho más básico de la biología reproductiva: la definición de sexo. Lo que define biológicamente al sexo es simplemente el tamaño de las células sexuales'.

Los machos son los que tienen las células sexuales más chicas y más móviles y las hembras las más grandes y cargadas de nutrientes. La otra diferencia está en la cantidad. Los hombres producen millones de esperma que se renuevan constantemente con un promedio de doce millones de espermatozoides por hora mientras que las mujeres producen una cantidad fija y no renovable de cuatrocientos mil óvulos para toda su vida. Para la naturaleza los óvulos son caros, el esperma es barato. Esto determina que los costos del apareamiento sean diferentes y por lo tanto las estrategias reproductivas también lo son (...) Por lo tanto para ser exitosa, para poder reproducirse y criar a sus hijos tendrá que elegir muy bien con quien lo hace.

La inversión de tiempo y de energía de las hembras, en la reproducción y crianza de sus hijos, es muchísimo mayor que la de los machos. El individuo que más invierte es el que pone las condiciones.

Elegir a un compañero activa mecanismos psicológicos que permiten evaluar los atributos relevantes y darle a cada uno el peso apropiado en la totalidad, en el conjunto. Algunos atributos tienen más peso que otros en la decisión final de por qué elegir un hombre en particular y uno de los que más peso tiene para las mujeres es el de los recursos económicos.

Buss, investigando las preferencias de las mujeres para elegir compañero, concluyó que la capacidad económica, el status social, la edad, la cualidad de ambicioso y trabajador son características seleccionadas por las mujeres de todas las culturas investigadas. También las mujeres buscan que el compañero sea confiable, estable, inteligente y compatible; que tenga buena salud y que esté disponible para una relación de amor y de compromiso.

Por su lado, los hombres están programados para responder sexualmente a mujeres jóvenes, saludables, cíclicamente regulares cuyas características emocionales y físicas no dejen duda alguna sobre su bienestar físico, su fertilidad, y su aptitud para la maternidad. Estos atributos 'encienden' a los hombres; por lo tanto, para que cumplan con las premisas reproductivas alcanza con que logren colocar su esperma en hembras jóvenes y sanas.

Los hombres del mundo entero desean mujeres físicamente atractivas, jóvenes y sexualmente fieles que permanezcan junto a ellos hasta su 'muerte'.

Las estrategias sexuales son métodos para lograr objetivos, medios para resolver problemas. Cada sexo ha desarrollado habilidades propias para cumplir con el mandato de reproducirse. No se trata de estrategias conscientes. No pensamos en ellas, simplemente actuamos. Así como la súbita conciencia de sus manos puede impedirle a la pianista la performance, la mayoría de las estrategias sexuales humanas se realizan mejor sin conciencia del actor.

  * El artículo es un extracto de 'Sexo, Mujer y Fin de Siglo'. Editorial Paidos (1997)

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Carlos Gómez Lira

Unidad de Salud de la Mujer