Como padres, todos queremos dar a nuestros hijos lo mejor de lo mejor. El problema es: ¿qué es lo mejor? Aunque ahora sabemos de diversas fuentes, que lo que ocurre a los bebes antes o después del nacimiento puede afectar a su salud incluso en la edad adulta, es muy difícil relacionar acontecimientos específicos en estas primeras etapas con resultados posteriores específicos. En la práctica tenemos que confiar en que nuestro instinto nos diga cuándo las cosas están bien.
Pero algunas veces la investigación científica puede producir resultados que apoyen al instinto. Considere el hecho de acariciar y abrazar. Actualmente hay diversos hechos que sugieren que estas acciones naturales podrían tener efectos beneficiosos a largo plazo. Por ejemplo, hace más de 40 años, se observó que la manipulación de ratas neonatas por parte de investigadores afectaba a los niveles hormonales y al comportamiento de éstas cuando llegaban a adultas. Y más importante, había una reducción a largo plazo del nivel de glucocorticoides, las hormonas liberadas por las suprarrenales durante el estrés. Esta reducción estaba asociada con cambios en los receptores en el hipocampo y los animales tenían significativamente menos déficits cognitivos en la edad senil. Desde entonces, una serie de estudios han mostrado que las crías de rata manipuladas en una etapa posterior de la lactancia no muestran cambios similares, señalando la importancia de recibir esta estimulación táctil muy temprano en la vida. En una reciente actualización de este trabajo (Science 1997; 277 1659), los investigadores encontraron que la manipulación per se era menos importante que el comportamiento acogedor de la rata madre (p. ej., lameduras y caricias) cuando se devolvía la cría a la camada después de manipularla. De hecho, cuando se estudiaron ratas no manipuladas, las crías de madres 'muy lamedoras' por naturaleza mostraron los mismos cambios fisiológicos que las crías que habían sido manipuladas y, cuyas madres habían incrementado su ritmo de lameduras al acogerlas. Estas crías también eran menos inquietas de adultas al compararlas con ratas 'no acariciadas'.
Sin embargo, estos resultados son prematuros y cualquier conclusión que se desprenda debe ser provisional. Por ejemplo, puede haber un factor genético común a madres y crías que explique la relaci6n entre el hecho de lamer y el éxito posterior. Pero la importancia del trabajo reside en la posibilidad de que cambios muy pequeños en el estilo de los cuidados maternos puedan inducir cambios conductuales profundos a largo plazo en los adultos.
Aunque, como dicen los autores, el comportamiento de lamer y asear de las ratas no es directamente aplicable a los humanos, no parecería haber ningún mal en que los padres humanos siguieran el ejemplo de las ratas y acariciaran muchísimo a sus hijos. Quizás pudiéramos estar contribuyendo a que nuestros hijos lleguen a ancianos sin estrés y lucidos.